Historia de una tarde de domingo

La semana pasada había sido dura así que el viernes por la tarde no pude más y me fui a dar una vuelta en bicicleta.

Desde lo alto de un acantilado contemplé una imagen maravillosa de una bandada de gaviotas que había venido a posarse sobre el lago. Formaban una enorme mancha blanca que contrastaba vivamente con el color del agua. Era como si un manto de nieve hubiera cuajado sobre el lago y la nieve tuviera vida.

Bajé hasta la orilla y estuve contemplándolas un rato. Era hermoso ver todo aquella algarabía de pájaros mientras se iba poniendo el sol. Yo me sentía tranquilo y feliz y mi espíritu se había deshecho de toda la tensión de la semana.

paseo

El sábado por la mañana me desperté temprano, y a las diez y media ya estaba dando pedales sin saber muy bien adónde ir. Me decidí a probar por un camino nuevo y allá que fui, a la aventura.

El camino resultó ser una pista infernal, cubierta de piedras sueltas. Era como rodar sobre un montón de canicas gigantes de bordes cortantes. Las piedras saltaban al ser desplazadas por las ruedas y rebotaban en el cuadro de la bicicleta con un sonido que me partía el alma, pero ya no me iba a dar la vuelta.

Pasé por un montón de lugares siniestros, con solitarios caseríos abandonados y en ruinas. El camino transcurría por un pequeño valle y no veía nada alrededor que me pudiera servir de referencia. Subí y bajé cuestas por unos parajes solitarios y llegué a una hondonada donde el camino estaba inundado y lleno de barro. Tuve que salirme y empujar mi bicicleta a través de un sembrado encharcado durante un buen rato. Resoplaba: estábamos de barro hasta las orejas.

Al rato pude regresar al camino y rodar de nuevo, y poco a poco, la bicicleta se fue deshaciendo de toda esa pasta que había acumulado en las ruedas.

Llegamos a la valla de un vertedero y allí terminaba el camino. Seguí por una carretera e hice algunos kilómetros entre camiones de basura que al pasar junto a mí, a toda velocidad, despedían un olor nauseabundo.

Después de algunos kilómetros me encontré con una autopista. Paré en una gasolinera y averigüé donde había ido a parar. Ni remotamente era donde yo había supuesto. Estaba en las afueras, al sur de la ciudad.

Regresé por donde había venido y tomé otra pista de tierra que tenía muy buen aspecto; era ancha y de tierra compacta, lo que me hizo suponer que me llevaría a alguna parte en la dirección que yo quería ir.

Aquello tampoco funcionó: la pista discurría a través de un laberinto de caminos en los que ponía: “finca privada, prohibido el paso”, o “coto de caza, prohibido el paso”. Y yo, intentando evitar los caminos prohibidos, me fui desviando de nuevo completamente de mi rumbo.

Rodé otro montón de kilómetros, en los que, para colmo de males, resulta que estaban abonando los campos y el olor a boñiga era insufrible. Aquello no se parecía en nada al idílico día de campo y tranquilidad que yo tenía pensado.

Al final llegué a una cañada real. La ciudad se veía en el horizonte ¡Por fin! -Pensé-. Al menos podré salir a alguna carretera, y rodé con buen ánimo un rato, pero para mi desolación, unos kilómetros después la cañada cruzaba un arroyo de unos veinte metros de ancho, poco profundo, por el que discurría un agua pestilente.

Subí a lo alto de una loma que dominaba el arroyo y desde allí miré a derecha e izquierda, pero en todo lo que abarcaba mi vista no se veía un solo puente que atravesara el río, que en sus orillas era un cañaveral. Miré alrededor y vi a un pastor con sus ovejas. ¡Bien! -pensé-, ¡Estoy salvado! Me dirigí hacia él bajando una colina campo a través, y de nuevo me puse de barro hasta las orejas. Me sentía fatal, torpe, cansado y con los sentidos embotados. La hierba estaba mojada y debajo de ella un barro pastoso y oscuro, como cieno de alcantarilla, convertía el suelo de aquel paraje en algo resbaladizo, maloliente y desagradable.

Gruñendo y protestando de mi mala suerte atravesé el rebaño de ovejas y me puse a hablar con el pastor.

Otra vez la suerte me daba la espalda. El pastor en cuestión resultó ser un chavalillo marroquí que no hablaba ni una palabra de español. Tardé algún tiempo en hacerme entender con él a base de gestos, -durante un rato sentí esa sensación de estar metido en un lío, en un país que no es el tuyo-, pero el chaval no se enteraba de nada y se limitaba a mirarme perplejo y yo empecé a pensar que estaba frente a un niño autista, hasta que, a base de exagerar mis aspavientos, le debí parecer un loco o un payaso y se empezó a reír.

A partir de ese momento él me decía con gestos que cruzara el río y yo le decía que eso no era un río de agua, sino de mierda, y el abriendo mucho los ojos, como queriéndome decir que me entendía, me contestaba con gestos elocuentes, que me quitara los zapatos.

Yo le preguntaba que por donde podía pasar al otro lado sin mojarme y él no se enteraba, y yo me ponía a dar saltos, como si cruzara el río saltando de piedra en piedra. El chaval me miraba perplejo y me decía que no. Todo esto rodeados de ovejas sarnosas de suburbio de ciudad.

Yo señalaba a la derecha al horizonte y el niño me decía que no con la cabeza, que por allí nada. Yo señalaba el horizonte a la izquierda y el niño me decía que no, y luego volvía a hacer el gesto de quitarse los zapatos para cruzar el río, y de ahí no lo sacaba.

Ni una indicación, ni una palabra, ni un asomo de esperanza. Nada: para ese crío estábamos en este lado del planeta y no había una jodida forma humana de pasar al otro lado mas que mojándose los pies.

Yo estaba desolado: el crío llevaba unas botas katiuskas de color blanco y yo, de tanto en tanto, las miraba de reojo y pensaba si mis pies entrarían ahí dentro. Tengo que confesarlo, estaba tan desesperado por salir de allí que, por un momento, sentí unas tentaciones enormes tirar al condenado niño al río y quitarle las katiuskas, pero me contuve. El niño, al mismo tiempo, miraba mi bicicleta y luego me miraba a mí, probablemente pensando lo mismo que yo de él, pero con la idea de hacerse con una buena bicicleta.

Me marché de allí desesperado, atravesando de nuevo el rebaño de ovejas y llevándome conmigo todas las moscas que había en veinte kilómetros a la redonda. Estaba dando un enorme rodeo de más de treinta kilómetros que no me llevaba a ninguna parte y el camino se alejaba sin remedio de mi casa.

Así iba yo pensando en mis cosas, cuando me encontré con un búnker de la guerra perfectamente conservado. Paré y le hice una foto. La cámara se había quedado sin pilas. Enredé un poco y conseguí que hiciera la maldita foto.

Hice un montón de kilómetros en dirección contraría; ya llevaba unos cincuenta kilómetros en las piernas y si seguía alejándome estaba claro que esa noche no iba a dormir en casa, cuando vi un puente. Lo crucé y salí a un polígono industrial. Pregunté a un camionero y debí dar con el ser humano más bruto de la creación porque no parecía entender que yo no quería ir a ningún lugar concreto sino ir en una dirección concreta, por carreteras secundarias, o pistas, o caminos. Pues nada. No hubo manera. Lo único que conseguí fue que me indicara como salir del polígono y aún eso me costó bastante.

Me fui de allí bastante mosqueado, pensando en lo que le quedaba aún al ser humano, no para ser precisamente humano, sino sencillamente para ser.

Al rato me subí a un puente. El panorama era desolador: una red de autopistas, como un gigantesco laberinto, me impedía ir hacia ninguna parte. Decidí que daba la excursión por terminada y que regresaría a la ciudad por la misma autopista. Me dejé caer por un lateral del puente y avancé por el arcén entre el estruendo de los camiones y los coches, que pasaban a mi lado a una velocidad de vértigo. Pensaba en todos los kilómetros que me quedaban teniendo que aguantar aquello cuando vi una pista de tierra, compacta y ancha, que circulaba paralela a la autopista.

Encontré un agujero en la valla de alambre y me colé por ahí. Salí de la autopista. Sólo tenía que cruzar un campo de cardos de unos setecientos metros y llegaría al camino ¡bien!

Bajé un terraplén y comencé el calvario de atravesar un campo de cardos. Tenía que cargar con la bicicleta y ya llevaba un rato así cuando de pronto sucedió: era increíble: cuando uno piensa que nada puede ponerse peor, pues va y se pone: había una acequia que yo, de un modo absurdo, no había visto, y que me cerraba el paso. Al otro lado, a escasos veinte metros, estaba el camino.

Me quedé parado al borde, entre los cardos, mirando al fondo. Tenía unos cinco metros de profundidad y era de tierra. Miré a mi alrededor. No había más opción. Bajé hasta el fondo como pude, cargado con la bicicleta, medio descolgándome, casi a rastras, hasta que, por fin, llegué al fondo. El olor a agua podrida era espectacular. Allí estaba yo, en el fondo de ese agujero inmundo, con una bicicleta, y mirando a la pared del otro lado y pensando: “vaya, genial, por ahí no subo ni de coña”.

Respiré hondo y empecé la ascensión. Para subir empleé la técnica que usan los snowboarders cuando ascienden por una ladera muy inclinada, y que en mi adaptación a la bicicleta, consistía en lo siguiente: yo tallaba un peldaño a patadas hasta que la tierra no se deslizaba hacia abajo. Luego tallaba otro para el otro pie. Luego cogía la bicicleta a la altura de los ejes de las ruedas y la clavaba en la tierra a la altura de mi cabeza. Luego otro pie, y otro poco hacia arriba.

Así, poco a poco, fui ganando altura, entre resbalones, gruñidos, y maldiciones, cuando, a mitad de camino, se me enredó la rueda en una mata de cardos y no podía soltarla y a punto estuvimos de irnos los dos para abajo porque no había manera de que esa planta repugnante soltara la rueda y yo pudiera pasar la bicicleta por encima y se me acababan las fuerzas (la bicicleta estaba a la altura de mi cabeza y yo me deslizaba hacia abajo sin remedio). Ahí los gruñidos subieron de tono y desplegué todo mi repertorio de maldiciones. Hubo un momento en que, a punto estuve de mandarlo todo a paseo, pero al final llegué hasta arriba.

No miré atrás para ver por donde había subido. Cuando salí de ese agujero sentí que me moría. Jadeaba como un perro y notaba el pulso de la sangre en las sienes. Bebí un trago de agua y me recompuse un poco. “Ya estoy mayor para estas cosas” –repetía, un ay otra vez, mientras tragaba aire.

Me senté y pasé un buen rato recobrando el aliento, entretenido en la tarea de quitarme los pinchos desde las orejas hasta los pies.

Luego ya todo fue más sencillo. El camino me llevó a otro camino, y ese, a otro, y luego salí a una cañada. Atravesé una carretera y regresé a los campos de siempre. A las cinco de la tarde montones de cigüeñas giraban en círculos sobre los campos. Y algunas levantaban el vuelo despaci cuando pasaba. Silenciosas y enormes, parecían hermosos pájaros mitológicos.

Caía la tarde y tuve que parar a descansar. Llevaba más de seis horas dando pedales por esos campos y sólo había comido una barrita energética. Me sentía agotado pero al menos ya estábamos más cerca.

-¿Porqué hacemos esto? -le pregunté a mi bicicleta.

-Mejor no le busques un sentido -respondió.

Y regresamos así, derrotados, despacio para casa.